El sensacionalismo de la sacarina

Hace unos días, en la revista Nature salió publicado un artículo que daba a entender que los edulcorantes artificiales predisponían a la diabetes. Por supuesto, los medios de comunicación no tardaron en hacerse eco de la noticia, dando su particular visión del tema (1, 2 , 3, 4 como ejemplos). Esto ha dado pie a numerosas teorías, desvirtuando todavía más el artículo original hasta extremos disparatados.

¿Qué decía el artículo?

El plan era comprobar el efecto perjudicial de los edulcorantes artificiales como la sucralosa, la sacarina o el aspartamo en el cuerpo. Estas sustancias se presentan como sustitutos no-calóricos del azúcar, indicadas para aquellas personas que quieren adelgazar o simplemente desean evitar el consumo del azúcar. Sin embargo, existía y sigue existiendo una discordia científica sobre si estos edulcorantes eran beneficiosos o no. Se sospechaba que podía modificar la flora bacteriana, induciendo a una serie de enfermedades metabólicas importantes siendo la diabetes de tipo 2 la más destacable.

Experimentación en ratones.VT40.18-Lab-mouse_fade

Así que iniciaron el experimento con ratones. Usualmente se empiezan por estos animales porque representan un modelo relativamente fiable de los procesos metabólicos que se dan. Además, su manipulación es mucho más sencilla y menos costosa que el uso de otros mamíferos más cercanos evolutivamente hablando. A los ratones los separaron en grupos distintos en función del tipo de bebida que les administraron:

  • Agua normal.
  • Agua con azúcar.
  • Agua con sucralosa.
  • Agua con sacarina.
  • Agua con aspartamo.

A las once semanas de experimentación, a cada grupo se les hizo un test de intolerancia a la glucosa, el mismo que se les realiza a los humanos para detectar una posible manifestación de la diabetes 2. Como intuyeron, los ratones que habían tomado edulcorantes tenían unos niveles de azúcar (glucosa) en sangre más elevados de lo normal, y en particular los que habían tomado sacarina eran los que presentaban una mayor alteración de estos niveles.

Prosiguieron el experimento con el grupo de ratones del agua con sacarina, puesto que según los autores “constituye un mejor modelo para el estudio de los edulcorantes artificiales”. Es importante destacar que los resultados que obtuvieron a partir de este punto son solamente válidos para la sacarina. En principio, los demás edulcorantes causan efectos menores en el organismo.

Llegaron a la conclusión de que la sacarina producía un cambio a nivel de la flora intestinal. Efectivamente, se modificaban las bacterias que habitan normalmente en el intestino delgado por otros tipos que inducen a varios problemas metabólicos, entre ellos, la intolerancia a la glucosa que conduce en última instancia a la diabetes de tipo 2.

De modo que el intrépido grupo de investigación determinó que la sacarina era perjudicial para los ratones. Aunque estos animales se constituyan como un modelo para estudiar prácticamente cualquier proceso metabólico, difícilmente se pueden extrapolar los resultados a los humanos. Es cierto que ambas especies se parecen hasta cierto punto, pero no son idénticas, por lo que se requieren ensayos clínicos en humanos para experimentos de este tipo.

Pruebas con humanos

Existe un inconveniente de ética en la experimentación de humanos, así que resulta difícil practicar a una persona los mismos experimentos que se efectuarían en un ratón. No se suele permitir abrirles en canal, hacerles todo tipo de trasplantes o trastear con su genoma mediante ingeniería génica, así que las opciones restantes tienden a ser más bien limitadas.etica

Juntaron a un grupo de 381 individuos no diabéticos de edades y sexos distintos. Tras analizar distintos parámetros como el peso, la tolerancia a la glucosa o la hemoglobina glicosilada (otro indicativo útil para detectar la diabetes de tipo 2), se observó una clara correlación entre la gente que consumía edulcorantes artificiales y las alteraciones metabólicas.

De este grupo, reclutaron a 7 personas sanas y se les administró la dosis de sacarina diaria máxima recomendada (5 mg/Kg, es decir, a una persona de 70 Kg se le administraría 350 mg de sacarina al día), durante una semana. Una vez finalizado este periodo de tiempo, se analizaron cada una de estas personas y se observó que en 4 de ellas se habían desarrollado alteraciones en la flora intestinal, con sus consiguientes alteraciones en el metabolismo. El resto no percibió cambios significativos.

La conclusión final a la que llegó este grupo de científicos se puede resumir en estos puntos:

  • Se observa una tendencia a la alteración de la flora bacteriana cuando contacta con los edulcorantes artificiales.
  • Los humanos tienen una respuesta distinta a los edulcorantes que los ratones.
  • Se necesita indagar más sobre la naturaleza de la flora bacteriana para poder saber qué interactúa con ésta y de qué modo.
  • Existe la posible correlación de que el aumento de la obesidad mundial esté ligado a un mayor consumo de edulcorantes artificiales

Eso es todo lo que dice el artículo, incluyendo el último punto de la conclusión. Con todos los tecnicismos que puedan haber, el mensaje viene a ser el mismo: “hemos encontrado un indicio pero no sabemos bien cómo funciona. Necesitamos investigarlo más”. Es cierto que algunas afirmaciones pueden pecar de exageradas y que las pruebas en humanos son más bien exiguas. A partir de un grupo de 7 personas no se pueden extraer conclusiones válidas simplemente porque el grupo es demasiado pequeño. Además, la dosis de sacarina administrada es demasiado elevada como para darse en una situación cotidiana, ya que teóricamente para alcanzar esa dosis necesitaríamos beber unos 8 litros de refresco diarios. Desde un punto de vista subjetivo, el último motivo de preocupación, si se llega a dar ese caso, es el edulcorante ingerido. Hay que concederles que han podido demostrar que la flora bacteriana puede modificarse con edulcorantes y en consecuencia, se pueden inducir a enfermedades metabólicas.

sacarina por favor

Es más bien intrigante que los medios de comunicación se hayan dedicado a ojear selectivamente retazos del artículo publicado en el Nature. Con razón se han podido ver titulares tan originales y no necesariamente próximos a la realidad.

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Albert Sabater

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